Matungo, el caballo de tiro. Cuento del campo para niños.
Matungo, el caballo de tiro | Cuento del campo para niños.
Ah… al fin ha terminado el día. Ahora voy a poder descansar, me voy a hacer un lugar entre estos papeles y cartones, pero antes me comeré esto que hay en la bolsa. ¡Cómo cuesta ganarse la vida en esta ciudad! Así se lamentaba un flaco caballo de color tostado, que había llegado de manera bastante sospechosa a ese suburbio de Montevideo. Cuando lo trajeron tenía un pelaje muy lustroso, se veía muy bien cuidado y alimentado. Ahora sólo era piel y huesos y lucía muy sucio y descolorido. Comía sólo el pasto que encontraba a su paso o algo que su actual dueño se acordaba de darle. El pobre caballo se las arreglaba como podía para saciar su hambre y su sed. A veces con sandías u otras frutas que arrojaban al basural, a veces se escapaba en busca de un charco de agua para beber. Ya agotado por el cansancio se echaba en cualquier lugar del basural. El sueño venía enseguida, su panza subía y bajaba, acompasando su respiración. Soñaba con aquellos campos verdes, en sus días de potrillo y con las manitos cariñosas de sus antiguos amos, que lo acariciaban y le daban pasto fresco y jugoso maíz. Lo dejaban suelto para que retozara y fuera hasta el manantial que vertía el agua más fresca y pura que jamás volvió a ver y a beber en su vida. _ ¡Vamos… Matungo haragán, levantate, ya es hora de salir a laburar! Vamos, levantate te digo. Mientras le gritaba, (su actual dueño), una y otra vez descargaba su látigo sobre las costillas del caballo. Con mucho desgano levantaba sus patas delanteras, luego enderezaba todo el cuerpo, apoyándose en sus patas traseras. Apenas tenía tiempo para comerse una manzana que había dejado entre los desperdicios para el desayuno. Aún no había terminado de comer, cuando ya tenía colocados los arreos y estaba prendido al carro. _! Vamos, vamos che, dale, que nos van a levantar todas las bolsas y papeles de la Avenida si no nos apuramos¡ Un latigazo, luego otro, hacía trotar sin ganas al pobre caballo. A veces, en el verano, cuando el sol calcinante del medio día se hacía sentir, mientras su amo fumaba un cigarro a la sombra de un árbol, Matungo masticaba alguna mata de pasto o algunas hojas de árboles, pero agua era muy difícil de encontrar. Otras veces, su dueño se acordaba de él y le acercaba un poco de agua o alguna fruta para saciar su sed. Esos días eran los más agobiantes y difíciles, el carro pesaba cada vez más, el hombre cargaba más y más cada vez. El látigo caía más seguido sobre su encallecido lomo, cuando el caballo endentecía el trote. Pero la noche al fin llegaba y lo esperaba el merecido descanso, bajo la luz de la luna y las estrellas. Esto era lo único bueno que tenía el verano para él, la brisa fresca acariciando su cansado cuerpo. Pero luego venía el otoño y después el invierno con sus grandes heladas. Muchas veces se agarró moquillo, pero esto no era pretexto para no trabajar. En las crueles noches de invierno, encontraba refugio debajo de algún techo de chapas, a veces alguien se compadecía de él, tirándole por encima una bolsa de arpillera. En los días lluviosos, igual tenía que trabajar y tirar del carro bien cargado hasta arriba aunque las fuerzas ya no la dieran más, él debía trotar y trotar.
Así pasaron los años, día tras día, todos iguales. ¡Qué cansado se sentía. ¿Cuando llegaría ese día del merecido descanso? ¿No habrá un lugar donde los caballos ancianos puedan descansar? Me conformaría con que me soltaran en un campo verde, rodeado de árboles y con un arroyito como en mis primeros años. Y como premio a mi trabajo, recibir visitas de los niños, sus caricias y sonrisas, serían la mejor pensión que recibiera. Dejó caer sus pesados huesos sobre la tierra suelta y apoyó su cabeza sobre un montículo, siguió soñando con su campo verde, cuando una luz blanca y luminosa se le acercaba, envolviéndolo. Se encontró de pronto en las verdes praderas, flotando como si volara. Olvidó todo su cansancio, ya no sintió ningún dolor, todo era hermoso, una gran paz y felicidad lo envolvió, recorriendo todo su cuerpo, ya no volvió a oír a su dueño cuando le gritaba para despertarlo, ni sintió los latigazos que caían una y otra vez sobre su lomo. CRISELDA M. (Del libro “Entre cuentos y fábulas”).