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¿Son las nutrias salvajes? un cuento infantil sobre animales marinos.

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¿Son las nutrias salvajes? | Cuento infantil sobre animales marinos. 

 Se oye un trueno cabalgando entre las nubes grises. Un relámpago corta la oscuridad de la tarde.
   Gruesas gotas golpean con sus dedos gordos el vidrio de las ventanas.
  Andrés y Eduardo, dos hermanos adolescentes, miran como el agua resbala lentamente por las hojas amarillentas de los árboles.
  Como era domingo, habían planeado ir a pescar a un cañadón cercano. Pero la lluvia les estropeó los planes.
__¿ Qué podemos hacer, leer, mirar tele o hacer las tareas de matemáticas? Se decidieron por lo último, en una hora ya tenían resueltas las ecuaciones.
  Justo a tiempo cuando la lluvia paró. El arco iris tendía su puente multicolor en el horizonte.
  Se pusieron las botas de lluvia, cargaron las cañas y salieron (después de avisar a sus padres), atravesaron el campo, que los separaba de la laguna, rompiendo los espejos de agua que la lluvia había dejado por todos lados.
  Los teros volaban alertas, “teruteriando” felices, pues tenían un festín de lombrices para comer y no prestaban mucha atención a los visitantes.
  Cruzaron la última alambrada y al acercarse al pescadero, oyeron quejidos de un animal. Entre el pajonal y el agua, cansada de tanto luchar con la trampa que la tenía atrapada, estaba una nutria hembra.
  Buscaron un palo y entre ambos, haciendo palanca pudieron abrir los fuertes dientes de la trampa.
  Aunque ya estaba libre, no tenía fuerzas para moverse, quedó tendida en el mismo lugar.
  A poca distancia de ella, sus dos cachorros, curiosos, asomaban sus narices entre las flores de los camalotes.
  Los niños olvidados ya de la pesca se lanzaron a la persecución de los pequeños; eran muy ágiles y veloces, además de hábiles nadadores, les costó mucho trabajo atraparlos.
  Pero debían llevárselos para criarlos y cuidarlos así no corrían la misma suerte que su madre.
  Ellos estaban seguros que sus padres aprobarían esta decisión.
Ya  que en varias ocasiones habían hablado del problema que eran los cazadores para las nutrias, cuya piel es muy cotizada en el mercado.
    La primera noche los arreglaron en una jaula con mucho pasto. Intentaron darle leche rebajada en una mamadera. Esto ya lo habían hecho muchas veces, con corderos, cerditos, terneros y otros animales que quedaban huérfanos.
  Al otro día, apenas se levantaron, fueron a ver a los hambrientos cachorros, que poco a poco aprendieron a chupar la tetina de la mamadera.
  Los dejaron un rato sueltos, cuidándolos de los perros que los miraban curiosos. Enseguida buscaron unos charcos de agua, donde se dieron unos chapuzones.
  Andrés y Eduardo, ahora tenían una buena excusa para ir a pescar más seguido, debían alimentar a los pequeños, que aunque tomaban leche y algunas hierbas, su alimento preferido era el pescado crudo.
  Al entrar el otoño, los árboles de la orilla de la laguna se cubrían de hojas doradas, que con el sol hacían sus juegos de oro y plata en el espejo de la cañada.
  Bien alimentados, se habían convertido en dos hermosos cachorros, ágiles vivarachos, de pelaje lustroso, color cobrizo.
  Muchas veces los seguían cuando iban de pesca y al regreso volvían con ellos saltando en sus cortas patas. Les encantaba jugar con una pequeña pelota de goma, con el hocico la empujaban y hacían rodar con gran destreza.
  Al llegar la primavera, los hermanos fueron a pescar como siempre, las nutrias que los habían seguido se lanzaron al agua mirando a ambos lados, olfateando, buscando talvez la compañía de sus semejantes. Por más que los llamaron ese día, no volvieron con ellos.
  Los hermanos seguían yendo a pescar y siempre los veían, algunas veces los seguían unos metros, pero luego se volvían a la laguna.
  Pasó el verano y cerca del pajonal donde los habían visto por primera vez, una de ellas entraba y salía de una cueva donde chillaban dos pequeñas crías que parecían ratitas y que ella cuidaba y defendía con mucho amor.
  Hablaron con el comisario de la ciudad y consiguieron por lo menos que en esa cañada, no se pusieran más trampas. Al fin pudieron vivir felices, las hijas, nietas y muchos descendientes más de aquella primera nutria que habían encontrado moribunda.

CRISELDA M.